viernes, 12 de agosto de 2016

Torerías y Diabluras, para escuchar




 

    Sin duda, este libro parecía estar destinado a no ver la luz, y permanecer en un abandono más llevado por la frustración que otra cosa. Muchas veces he pensado si esas diabluras y sus diablillos que menciono en su título no habrán hasta abusado en demasía de mi paciencia y su esencia, pues como el agua río abajo discurre por la maleza, este libro ha padecido mil y una dificultades para abrirse paso entre lo angosto y lo banal de unas empresas tan incompetentes como mal avenidas. Sí, sin duda los malos presagios y hasta los calvarios lo han llevado hasta un ostracismo de mí mismo, dejado de la mano de su escritor. Un libro es como un pájaro sin alas al que poco a poco se lo comen los insectos hasta quedar en los huesos de la muerte. Mi moral, a veces turbada en inmoral hacia él, llegó a ser la del desgraciado que odia a su pájaro muerto en los huesos, una sombra de la que huía y él huía de mí. Y sin embargo, y pese a los periplos de desierto, abocados a unirnos cuando Dios o el demonio quisieran. Fue el mismo libro, ya en sus huesos muertos, cuando él mismo comenzó a hablarme y susurrarme sus secretos. Algo así como “aquí me ves, más muerto que vivo, ya en mis huesos, pero tan vivo aún que mis huesos se ríen de la muerte”. Lo increíble, lo inexplicable (de ahí su misterio), fue que comenzase a volar, y no sé si hasta resucitar, con unas alas nuevas nacidas de él mismo, ya cuando bañado de muerte la desesperanza lo había casi enterrado. Verlo, oírlo y hasta sentirlo, ha sido mi gran esperanza de vida, la de un desdichado que por él comenzó a sentirse dichoso.

    Por ello sé que este libro, como el Ave Fénix, renace y se abre paso desde el dolor para tornarse en gozo. Un libro que no teme ni oculta sus tormentos y que se descubre y se deja escuchar entre los ecos de un tiempo sin tiempo. Ese otro tiempo paralelo que nos acompaña a los que vivimos y tuvimos la suerte de vivir los misterios del arte. Ese tiempo sin tiempo que va y viene, del ayer al hoy, y del hoy hasta no sé qué mañana. Ese tiempo sin tiempo, a las cinco de la tarde, amenaza espinosa entre lo apolíneo de las normas y lo dionisíaco de las desnormas. Son las horas que se escuchan en ese paseíllo, siempre imprevisible, de los toreros que aquí torean. Entender… es desentenderse, he sentido en aquellas plazas donde ese misterioso abandono de Paula parecía redescubrirse a sí mismo. Transcendiendo de la propia lidia para ser una tauromaquia tan única y mística que termina siendo la nada más desolada. Una nada que lo es todo. Una nada que se olvida de todo… y de todos, para crear una música nueva, la del hombre que se deshace de todo para sólo allí, hacerse a sí mismo. Que se muera la vulgaridad, que se pudran en el infierno lo amantes de lo falso, que se arrepientan los oradores fariseos y las monedas de cambio, y que miren con los ojos nuevos aquellos cegados por las modas y sus banalidades. No hablemos de tiempos, sino de eternidades. La eternidad de un Joselito que aquí se lía su capote de paseo negro, aquel luto por la muerte de la señora Gabriela, para burlar todas las mentiras y quedarse a solas con la verdad de su ciencia torera. Ese capote negro, que su hermano Rafael (el Divino Calvo que traía los disgustos a casa) le cediera a Bernardo Muñoz en su alternativa, el mismo que cubriera la torera espalda de Antonio Bienvenida en su última tarde, aquella en la que Paula… hizo de su nada el único todo que cubriera el albero de la plaza desaparecida de Carabanchel.

    Este libro realza la voz, y más allá… el eco, de aquellos lances y muletazos, a veces entre lo templado y lo desmayado de una soleá, y otras como esa seguiriya, ya desprovista y desnuda de todo, que en las horas de la madrugá, araña y se desgarra entre los efluvios del lamento y el tormento. Y es que estas “Torerías y Diabluras” a veces medita y otras se olvida de meditar para sólo sentir, llevado por la inspiración de un Juan Belmonte que por momentos filosofa sobre la quietud y el temple, en su esqueleto inquietamente quieto.

    No se tomen pues este libro como una obra encerrada en un solo concepto, o dedicada a un solo tiempo, sino como un alma viva que reta y amenaza incluso a todos los tiempos y sus deberes. Un libro que ha sobrevivido a su imposible, que desde la humildad de quien no sabe nada, les pretende decir su todo entre “Torerías y Diabluras”.

jueves, 18 de febrero de 2016

Apología De La Cración Inmortal



La poesía, no siendo nada, está en todo aquello que rezuma expresividad mortal en aras de su inmortalidad, aquella que la torna en divina. Y es que la mortalidad, representada en el hombre o el poeta, es la mano necesaria, fecundadora y creadora para inmortalizar su obra. Hemos de tener conciencia pues y mostrar pleitesía a esos creadores, hombres que se saben poetas, y más aún poetas que sólo se saben hombres, capaces de crear ese puente espiritual entre la mortalidad y la inmortalidad de la creación. Esa creación sublime, arrebatadora y anárquica que hace y consigue no sólo que soñemos con la divinidad soñada, sino que soñemos con la realidad ancestral y la veamos en su forma humana, su forma viva, su forma natural. Sólo así, siendo conscientes y justos a la sensibilidad por el arte, podemos apreciar en su justa o injusta medida lo que significó Miguel Ángel para el movimiento, Velázquez para la luz, Rembrandt para las sombras, Goethe para las letras, Beethoven en la música, Miguel Hernández al verso o Rafael de Paula para el toreo, auténticos artífices de la mortalidad en aras de la inmortalidad y su casi inconsciente consecuencia de lo divino. Y manifiesto y recalco lo de su inconsciencia, pues existe un halo casi fantasmagórico de ésta, diría que inocente, sobre la genialidad que sale de sus manos, algo tan natural como el beber, el rezar o el respirar, tan esencial como irrisorio, y que en sus manos se hace creación de proporciones descomunales. No ha estado, en cambio, el mundo humano, ni el de ayer ni el de hoy, preparado para tan magnificencia muestra de luz y de sombra. Más allá, diré que los hombres en su mayoría se sienten cegados, injustos e incapaces ante tal aurora centelleante y relampagueante, por ello sólo el tiempo pone a los creadores en su sitio, en su real estado de eternidad. Sólo pues, una minoría, sabe ver y oír esas creaciones, auténticas catarsis para los sentidos, y darle su real importancia en su tiempo, cuando aún es mortal, cuando aún es corazón palpitante. Dichosos ellos, esos que saben beber del agua de la fuente del arte, agua santificada de todo pecado, porque ellos no tendrán que pedir perdón allá… en la tierra de los justos, y pobres aquellos muchos, insensibles ante la sensibilidad, meros mortales ignorantes; ciegos, mudos y sordos.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 29 de enero de 2016

sábado, 6 de febrero de 2016

Sobre José Tomás


 
Siempre fue y siempre será el hecho real de que sólo a los más grandes no se les perdona, o poco o nada, mientras a los demás, precisamente por poco importar, carecen de todo castigo. El mundo del toreo no es excepción de esta regla fidedigna a las virtudes y defectos que la raza humana ejerce impunemente sobre sus más ilustres nombres. A José Tomás, este torero de Galapagar, le están lloviendo críticas, banales y crueles, en contra de su persona y torería tras la corrida en la México. Precisamente esas críticas vienen de los mismos que justo antes lo ensalzaban como a ese dios de piedra, que se digna al menos una vez al año a bajar de su pedestal y santificar el albero de una señalada plaza para obrar el milagro del toreo. Como la cosa salió con las tinajas medio vacías y para colmo su compañero de terna, Joselito Adame, triunfó, a Tomás le quieren quitar su pedestal y lo quieren tornar en hereje y casi exiliar del reino otorgado. No les quepa duda de que esta maniobra santificadora y profana de la afición hacia su ídolo viene siendo habitual en la historia de la Tauromaquia ya antes de los tiempos de Lagartijo y Frascuelo; es decir, la sugestión del éxito y la desmitificación del mito creado tras el fracaso. Sin embargo, y sin obviar las críticas, pienso que en el caso de Tomás sólo podemos hablar de triunfo. Primero porque consiguió la proeza de llenar la Monumental, lo cual no ocurría desde hacía demasiados años con sus más de 42.000 espectadores; segundo porque al margen del escaso éxito artístico, en gran parte por la falta de casta y raza del ganado mexicano, el corrillo taurino y más aún los medios informativos de todo el mundo, discuten, ensalzan o despotrican sobre su toreo, o lo que es lo mismo, Tomás consigue poner en el ojo del huracán de medio mundo y en portada a la Tauromaquia en tiempos de ataques e injurias contra ésta. Y tercero, porque el empresario, pese a despotricar de él, le ha ofrecido volver a torear en la México, cosa que el diestro ha rechazado.

¿Dónde está el fracaso de Tomás pues? Cierto que no hubo faena cumbre, aunque sí momentos y tandas sueltas de gran empaque con la muleta, con ese personal embelesamiento a la hora de templar y llevar al cornúpeta cosido a la franela. Tomás estuvo en su sitio, como ese Don Tancredo, al que sí deberíamos exigirle que torease más para que se bajase de ese pedestal creado por sus incondicionales, y que vuelva a ser lo que siempre fue y aún pienso que es… ese torero que en su día dijo: “vivir sin torear, no es vivir”. Haga pues honor a su dicho, torero.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 5 de febrero de 2016

martes, 19 de enero de 2016

AGUJETAS, SU ÚNICA LEY




Muy lejos de típicos tópicos, este artista atípico y utópico ha dejado una huella indeleble, un pozo sin agua que con el cáliz y cristal del tiempo se recordará aún con más peso como el cantaor con más lamento herío de la historia del flamenco. Me recordaba mi primo Miguel de la Alfonsa, “el Agujetero”, que ya lo decía su padre el Viejo Agujetas: “Como canta mi hijo Manué no ha cantado nadie”. No lo decía la voz de un padre llevado por el cariño a un hijo, sino la de un sabio patriarca que reconocía la sublime rama esotérica que emanaba del tronco negro del faraón, aquel tronco negro al que cantara Federico García Lorca cuando escuchó al gran Manuel Torre. Es más que probable que la grandeza de este devoto de Antonio Mairena se haga más patente con el tiempo, ese que no engaña a nadie, pues se me antoja imposible hallar en el cante un aglutinador de sensaciones tan viscerales, contradictorias y desestabilizadoras como las de este hombre de campo nacido para ser libre y rebelde. Y es que en Manuel se concentraban un sinfín de rasgos inequívocos del ser singular, esa cierta rebeldía del ser inconformista que se resiste a vivir según las formas y normas de una sociedad absorbida por la comercialidad y la falsa moneda, y esa libertad que otorga el sentir y saberse a su vez poseedor del secreto del cante. Manuel se sabía único y ciertamente alardeaba de ello, a menudo con un desfasado carácter egocéntrico y terco, pero aquello (mal le pesen a muchos) no era pecado, sino privilegio que compartía con el mundo para aquellos que no sólo supieran escucharlo, sino también entenderlo como un ser diferente.

Justo es decirlo, el flamenco, como el toreo, están infectados hoy por la falsedad y la excesiva diplomacia de la demagogia comercial que da la sensación de que la verdad… molesta. Justo es también decir que los genios a menudo pierden las formas, pero también que cuando las encuentran… no existen más formas que las suyas. No descubro nada si manifiesto que a Agujetas muchos no lo podían ni ver, pero ello sería inclusive motivo de una tesis harto peculiar a la cual no me someteré, no por falta de interés, sino de espacio. No obviando dicho rango, delito, pecado o capricho sarcástico, ello dotaba a Manuel de un carisma muy especial, algo así como un ser libre condenado a no entenderse con el mundo. Esa libertad condenada es la que fluía por esas letras tan suyas, reivindicativas siempre de una filosofía de vida tan leal como singular. Sus letras aludían a la injusticia que el rico infringía sobre el pobre, la del trabajador abocado al sudor de sol a sol, o al amor y los celos de un corazón dañado, no sin olvidar su pasión por el campo y su espíritu silvestre. Letras, que pese a su consabido analfabetismo, son propias de un filósofo de la vida, ese que se aleja del mundanal ruido social para centrarse en lo pura y meramente fundamental.

Es decir, Manuel Agujetas se centraba sólo y tan sólo en lo principal de la vida misma, despreocupándose y casi despreciando a todo aquello que resulta básico para los demás mortales. Esa casi obsesión por lo radical, como quien acuchilla un melón de un tajo con su navaja, es la que transmitía en esas seguiriyas, tonás y martinetes, auténticos degolladores de falsedades mundanas para sólo dejar desnudos  la verdad y su cristalina pureza. El cante de este cantaor sin fecha de nacimiento exacta iba directo al alma, sin concesiones ni artificios, crudo, amargo, doloroso… como una puñalá que te deja sin aliento, como aquella corná mortal del Coli en el corazón en Madrid. Manifiesto pues, que no sólo nos ha dejado este rey del cante gitano, con trono o sin él, sino también la quimera de un ser excepcional por su excéntrica controversia, por su singularísima ley… y por su solísima grandeza.

Publicado en viva Jerez el viernes 15 de enero de 2016


sábado, 9 de enero de 2016

Lo Mejor Del Año Taurino



Viene siendo habitual en los corrillos taurinos por estas fechas echar la vista atrás y resumir lo mejor del año. El tiempo, sin embargo, es muy subjetivo, de hecho, si tomamos como reloj de referencia a todo aquello que por capricho o destino sigue siendo presente en tus pensamientos, no hay nada más actual o fresco que la pasión, el arte y su consiguiente enamoramiento. Por ello diré que las grandes sensaciones superan al tiempo y que éste inexorablemente se doblega ante él. No es pues de extrañar, que atendiendo a estas líneas discordantes, consonantes, geométricas y asimétricas del espíritu me atreva a decir que lo mejor del año sigue siendo el hecho real de saber que Joselito el Gallo debutó con tan sólo doce años en Jerez, aquel 19 de abril de 1908 (por cierto, a ver cuándo Jerez acredita tal hecho con un azulejo). El mismo novillero que se niega a torear en Madrid argumentando que aquellos bichos eran pequeños, exigiendo que le traigan un ganado con más trapío. Sigue siendo para mí lo mejor del año aquella respuesta que Juan Belmonte le cantara a Valle-Inclán, cuando el escritor le dijo aquello de “Juan, sólo te falta morir en la plaza”, y el torero le respondió: “Se hará lo que se puea”. A su vez, sigue siendo lo mejor del año aquel genial Rafael el Gallo dando aquellos muletazos por alto sentado en una silla de enea provocando el delirio en los tendidos, cuando en el toro anterior había pegado la espantá tirándose de cabeza al callejón porque el toro lo había mirado malamente.

Continua siendo lo mejor del año aquella sentencia de Joaquín Rodríguez, “Cagancho”, cuando dijo: “De Despeñaperros para abajo se torea, de Despeñaperros para arriba se trabaja”. En la misma tesitura me sigue pareciendo lo más destacado del año pasear por la mágica Ronda y respirar al filo del crepúsculo del tajo, aquella cultura cinematográfica, literaria y taurina que formaran y siguen formando Orson Welles, Ernest Hemingway y Cayetano, “el Niño de la Palma” y Antonio Ordóñez en torno a la Goyesca. Así mismo, me sigue pareciendo lo más profundo del año aquella media de Rafael de Paula en Aranjuez, vestido de nazareno y azabache, otorgándole a la tauromaquia la fusión de romanticismo eterno y trágico, fraguada en su cintura de ensueño. El mismo Paula que en Madrid brindara al Rey, no de Oriente, sino de España: “Majestad, le deseo toda la suerte para usted y para España, y ahora deséemela usted a mí, a ver qué hago yo con esto”. Dirán algunos que estoy loco por decir que son estos hechos lo mejor del año; argumento yo, que no sólo son estos sucesos, sino que de la mano de esos conspicuos del espíritu, obradores del milagro de parar el reloj del tiempo, son lo mejor del siglo, del pasado, del presente y mucho me temo que de  los venideros, al menos para aquellos que sepan de los milagros del sentimiento y sus proezas.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 8 de enero de 2016


domingo, 27 de diciembre de 2015

Agujetas, La Última Puñalá





Como un eclipse de luna, que por capricho o destino, ha querido oscurecer más aún la negrura del cante gitano, se ha ido a los altares este Manuel de los Santos Pastor, el último cantaor. Apunté en su día que antes de cantar Agujetas sólo había silencio, y que después de su cante sólo quedaba ese mismo silencio… pero estremecío. Dueño y poseedor de los secretos del cante más rancios, cuando este indomable volcán de pasiones se expresaba dejaba fluir la más clara y oscura esencia del flamenco, esa que por sabia y pura arañaba por dentro. Pienso que los genios están plagaítos de heridas en el alma, esos avatares y desazones de la vida, que con justicia o no, los llevan a ser personas diferentes. Tienen pues, ellos los genios, un sentido muy profundo de la condena amarga y del sangrar por dentro. Es esa amargura y esa sangre, la que fluye en la soleá y la seguiriya, y que se alza, cuando la ocasión es propicia, para crear una belleza tal, que es naturaleza misma, única, sola y errante… aparte. Y es entonces cuando te das cuenta de que es esa naturaleza, y no ésta o aquélla, la única y verdadera, la que mantiene el cante en su sitio, la que no se doblega ni ante modas ni imposiciones, y la que por anárquica y primitiva es espejo del alma. Manuel Agujetas no sólo tocaba o arañaba ese espejo, pozo o caudal de ese agua oscura, la misma o semejante a la de las muñecas toreras de Paula, sino que más allá y, al igual que Paula, es agua y luz oscura de unos milagros que ni precisan explicación ni existe análisis que los resista, porque el milagro es duendísticamente caprichoso, endiablado en ocasiones, y o bien tienes a bien aceptarlo o bien no los entenderás jamás. Y es que cuando Manuel Agujetas hacía suya aquel agua de Manuel Torres, conseguía abrir al mar en dos, cual Moisés que sabía escuchar al maestro para predicar un mensaje sagrado, cumbre de las más altas montañas borrascosas y profundo en los océanos más oscuros. Porque Manuel, cuando cantaba, sentenciaba, predicaba y hasta infringía un sinfín de pecados y condenas. Quizás la mayor de todas era aquella de robarte la razón y con ella el sentimiento. Ni que decir tiene que esa sinrazón y desazón de su excesivo temperamento, lo llevaban a veces inclusive a ser su mayor enemigo, peligro de sí mismo y martillo golpeador de sus propias disputas e insatisfacciones. Pero igualmente cierto es que al genio hay que entenderlo como un ente aparte, similar a ese eclipse de luna, que amanece o se oculta al mundo muy de cuando en cuando, y que es excepcional por ser precisamente… único. El ser incomprendido forma parte de la propia naturaleza del artista y su cultura, claro está, de aquel que lo es porque sí. Por todo ello, yo siempre fui seguidor de este eclipse de luna llamado Manuel Agujetas, patriarca real de unas formas cantaoras harto olvidadas por las últimas generaciones y rompedor de las agujas del reloj del tiempo, pues cuando uno canta así, ni es pasado ni futuro… se es eterno. Fiel a sí mismo, para bien o para mal, jamás dejó a nadie indiferente, y como los buenos toreros de arte, o bien obtenía el clamor o bien la espantá. Era precisamente esa avasalladora incertidumbre de su carácter un rasgo inequívoco de su visceral raíz cantaora, la de ese no saber qué pasará, la que creaba a su vez una atmósfera tan mágica como inesperada. Se nos ha ido pues no sólo el cantaor más herío, sino también un acaparador de sensaciones contradictorias, que a su vez, y con o sin disputas, no tenían más remedio que doblegarse ante su grandeza, la del ser humano y la del artista rebelde de sí mismo. Y es que un artista debe ser reflejo de sus inquietudes humanas, de su temblorosa incertidumbre, sin miedo a mostrarse como tal. En este sentido, dudo mucho que haya habido un cantaor siquiera igualable a Manuel Aguajetas, donde el escalofrío a flor de piel era sólo el inicio de un tropel de puñalás que te recorrían el cuerpo. Esas puñalás en sus tonás, fandangos o bulerías para escuchar, eran las mismas que dolían pasados los días, en forma de recuerdo, bucle de una madrugá sin tiempo.

No hace falta nombrar sus actuaciones y méritos por todo el mundo, pero aún tenemos frescos, casi a flor de piel, el sudor frío de su cante en sus últimas apariciones, donde pese a la edad, sentó cátedra en la Bienal de Sevilla o en la misma Guarida del Ángel jerezana. Últimamente, me decía que tenía ilusión con ese monumento que dentro de muy poquito le pondrán en Jerez, y pese a algunos achaques de salud, me decía afanoso que muy pronto iba a cantar aquí, al igual que me hablaba de un proyecto literario en el que le ayudaba su señora, el cual yo le animaba a terminar.

Voz y eco de una pureza ingobernable, crisol de la seguiriya, rey…del cante gitano. Descanse en paz Manuel de los Santos Pastor, por siempre eco y cueva del sonío más ancestral, espina y sangre de la flor del cante.

 

Publicado en Información Jerez el domingo 27 de diciembre de 2015

viernes, 18 de diciembre de 2015

Escritos Sobre El Taurinismo Universal



Merece la pena contemplar, y si acaso hasta reivindicar (si bien no precisa defensa pues su categoría está muy por encima de ataques y modas políticas), ese tipo de Literatura Taurina que sin querer se está convirtiendo en joyas supervivientes, una especie que cierta parte de la sociedad anhela extinguir. Cabe decirlo, la tauromaquia siempre ha estado sufriendo todo tipo de ataques y vejaciones de reyes y de políticos e incluso de algún Papa, y siempre ha sabido adaptarse a los tiempos y sobrevivir sin perder su esencia de bella tragedia y rito de creación de la vida y de la muerte. Precisamente ha sido ese estigma de supervivencia o caza de brujas que la tauromaquia ha padecido la que a su vez le ha dotado de una verdad tan fiel y real que ha podido con todas las mentiras.

La Literatura Taurina ha sido y es, pues, fiel a esa única verdad, la de la creación de un arte único y visceral, y representa, pues ha ido de la mano con los avatares de España, un fiel espejo de nuestra historia social, política y cultural. Nuestro mayor pensador, don José Ortega y Gasset, escribió un librito que si bien no es hondo, sí ahonda: “Sobre la caza, los toros y el toreo”, donde fusiona al toreo con nuestras costumbres tal que son una. De toros escribieron y poetizaron algunas de las plumas más brillantes y vibrantes tales como Valle-Inclán, Machado, Alberti, Cossío, Miguel Hernández, García Lorca… cada cual a su ritmo y compás, pero todos absorbidos o picados por este veneno maravilloso del toro y el torero. Otros contemporáneos como Joaquín Vidal, Benítez Reyes o premios Nobel como Camilo José Cela y Vargas Llosa han recogido y hecho suya esta liturgia de vivencia y supervivencia dándole a este arte el sentido universal que en su día ya aclamaba Pepe Bergamín.

La Literatura Taurina, por ello, capta la que quizás es la única verdad, perseguida por inquisidores e ignorantes, que nos queda en nuestra idiosincrasia, espejo de nosotros mismos. No cesen de ser curiosos e indagar en este misterio del toreo y sumergirse en ese mar o más bien océano de olas aladas y desoladas, pues el toreo encierra tanto glorias como fracasos… como la vida misma. Libros como “La Música Callada del Toreo”, de Bergamín; “Juan Belmonte, Matador de Toros”, de Chaves Nogales; “Rafael de Paula”, de Benítez Reyes; “Gitanos en el Ruedo”, de Joaquín Albaicín; “La Suerte y la Muerte”, de Gerardo Diego; “Joselito, el Rey de los Toreros”, de Paco Aguado; “La Gran Temporada”, de Fernando Quiñones… son sólo algunos escritos que engalanan la riquísima literatura a la que se le debe mirar de frente, pues es de las pocas verdades que nos queda sin temor a ser engañados.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 18 de diciembre de 2015  


miércoles, 9 de diciembre de 2015

La Escuela de Tauromaquia


 
Hace unos años, en plena corriente emergente antitaurina, fui a la placita de toros de Chapín. Había quedado una mañana con mi amigo Eugenio Cobos, quien me iba a facilitar unas fotos antiguas de Gallito y Belmonte, las cuales utilicé para mi libro “Entre Clamores y Espantás”. Allí estaban toreando de salón chavales de la Escuela Taurina de Jerez. Los observé en silencio, algunos con los trastos más grandes que ellos mismos, pero todos heridos por la pasión afanosa de torear sobre un albero y soñando con los pitones de un toro que embiste a sus vuelos. Supe inmediatamente que mientras exista esa llama de ilusión en este arte tan ingrato como romántico, seguirá existiendo la tauromaquia, por muchas triquiñuelas maliciosas que los ignorantes pretendan dictar con sus mojigangas.

Hace unos días se celebró el I Encuentro Cultural de antiguos alumnos de la Escuela de Tauromaquia de Jerez. Merece la pena valorar y aplaudir la enorme labor, antes a corriente y ahora a contracorriente, que dicha escuela hace por la tauromaquia y por unos niños y ahora hombres que crecieron bajo la idiosincrasia del respeto, el valor y la lucha por una forma de vivir que es tan noble para el toreo como para la vida. Resulta encomiable la labor de los toreros y profesionales que inculcan este dulce veneno a los alumnos, ávidos de la luz de la torería, de ese ser o no ser toreros, esos que están y ya no están, como mi siempre recordado Copano, fiel banderillero de Paula, e igual que mi querido Cámara, a quien pude saludar en dicho acto, como a aquel Rafaeli rumboso, así como a Eduardo Ordóñez. Fueron las palabras de Antonio Lozano las que no sólo pusieron el toreo en su sitio, sino más aún reivindicaron que tanto el toreo como los toreros vuelvan a ser lo que siempre fueron ante la cultura y la sociedad, hoy enturbiada y perturbada por los que ni saben ni desean saber. Puso la poesía emocionante y emocionada mi primo Junquera, rememorando el duende arrebatador de Paula con aquel toro de Benavides en Madrid.

Grato, pues, este acto donde los aficionados confraternizaron en torno a lo que es nuestra cultura… los toros, al igual que el vino, el caballo y el flamenco. Mérito sin duda la de esta Escuela de Tauromaquia de Jerez, que ha dado no pocos toreros, hombres ante la vida, que saben ir por derecho ante el mundo. Recojan el guante estos políticos que miran para abajo y escupen para arriba. Y es que se ha de respetar no sólo lo que se entiende sino más aún aquello que no se entiende.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 4 de diciembre de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

El Sentir Y El Distinguir



A menudo me pregunto, ¿importa de verdad el sentimiento? ¿Tiene acaso aún cabida en este mundo, tan plagado de artificios y redes? ¿Tiene significado el saber distinguir aquello que irradia pureza por los cuatro costaos de aquello del fácil triunfo y fácil olvido? No lo sé… pero sí sé de aquellos locos románticos que sencillamente no saben sentir de otra manera. Porque el sentimiento, como el alma, es de las pocas cosas con las que uno nace, goza, sufre y muere. Un gen indomable que nos pertenece queramos o no, y que desde luego nos diferencia. Cierto es, el ser sensible sufre más, porque las emociones las vive a flor de piel. Recuerdo cuando era un renacuajo revoltoso y se alzaba una voz cantaora entre una reunión, yo me acercaba silencioso y asustado por entre las piernas de los mayores y veía a un hombre moreno con los mofletes como globos sentado en una silla de enea. Ni que decir tiene que no entendía nada de aquel cante, ni el palo ni el porqué de aquella impronta. Sin embargo, aún recuerdo aquellos vellos de punta y aquella emoción neófita y arrebatadora que me producía escuchar la voz y más aún el eco de aquel hombre. Con el tiempo, supe que era Fernando Terremoto quien me descubrió un nuevo sentimiento, desconocido por mí, el de saber sentir sin necesidad de entender. Mayor intensidad dolorosa, gozoso sufrir, sentí la primera vez que vi torear a Rafael de Paula, en tentaderos en el campo, cuando yo aún muy niño apenas sabía diferenciar entre un capote y una muleta. Aquella templanza, aquella cintura partía me pareció un sentimiento tan devastador que sólo lo vi comparable al amor y sus milagros, algo que sabía sin saber que estaba por encima del bien y del mal.
Con la escritura, aunque más leve y pausadamente, sentí también descubrirme como reflejo o espejo de un halo que sin saberlo ya me pertenecía. Y aunque mis primeras lecturas con El Quijote fueran nefastas y tediosas, pronto descubrí a Goethe, Juan Ramón y Nietzsche, quienes entre otros, me hicieron no sólo descubrir sino más allá descubrirme a mí mismo. Y conste, que también con más primaveras, ¡redescubrí a Cervantes y su Quijote afortunadamente!, cuya lectura apliqué a la vida y sus fantasmas. Termino diciendo que no sé si sirve de algo sentir y saber distinguir en este mundo del hoy sin mañana, del Wasap, el Twitter y el Facebook… y es que prefiero sentir lo vivido y vivir lo sentido. Ojalá pesara más el para siempre que el para hoy.
 
Publicado en Viva Jerez el viernes 23 de octubre de 2015

jueves, 17 de septiembre de 2015

55 Años De Un Milagro Torero




Contigo se fue la última luna, la que tornaba la tarde en noche. Esa caprichosa, misteriosa y enduendada epifanía al verte pisar el albero en tus sólo tuyos andares perezosos y enjundiosos, cual caballo cartujano que sobre la orilla moja sus cascos. Contigo esa maravillosa incertidumbre del todo y la nada, moneda que en el aire vuela, con su cara y su cruz que sobre el albero espera. Contigo la canela y el clavo, cuando tus muñecas sobre el percal se esparcen, tan tuya la tela como tú de ella, capote que rosa y azul aguarda, tú corinto y azabache esperas y el toro que fiero galopa sorteando barreras buscando prender entre sus pitones a la muerte incierta. Contigo la verónica, que duerme a Cristo muerto, cobra su real nombre, pues acaricias la tragedia sin ocultar su drama terrible. Conspicuo del milagro, dueño del terreno y albero, derramas tu duende como bota que su vino esparce, emborrachando de aromas el tendido que arde. Contigo la locura, el fuego y su compás que se yerguen en tu cintura santiaguera, soniquete de una raza que de fatigas sabe más que nadie. Contigo la chicuelina al paso, la media y la serpentina, el acabose y el escalofrío, el cante gitano y las camisas partías. Ya el toro es cómplice, amigo más que enemigo, amor más que odio… que a tu roja muleta atiende como pozo que espera al agua, como sangre a la herida que tu cadera danza y abraza. Contigo la cintura rota, el desgarro doloroso y gozoso de un codilleo sin pecado.

Contigo la belleza última y desesperada, la de la naturaleza oculta, oscura y fatal, que seduce y cautiva como el puñal a la herida. Contigo el muletazo de frente, el trincherazo, y el molinete, sueño o desvarío de una tarde inexplicable, aquella en la que se hizo noche entre lágrimas que a la luna di y hoy o cuando ella quiere esparce en bronce y plata. Contigo el martinete y la toná, el yunque y la fragua, seguiriya que arrebata sin necesidad ni porqué. Contigo el cielo y el infierno, la bronca o el clamor, genialidades que por genio no supo dominar su genialidad. Pues el soplo llega cuando quiere y no cuando uno desea. Pues le dio Dios tanto el milagro como la condena. Contigo la lucha y la desazón del querer y no entender que lo sublime está al filo del abismo, como la luz de su sombra. El misterio de un milagro que aparecía sólo de cuando en cuando y de donde en donde, como astros que se alinean para crear un universo único e irrepetible. Fragilidad y arrebato en aras de la más bella tragedia, pues sólo tú supiste de tan trágica belleza. Tan venerado como criticado, pues dime quiénes son tus enemigos y sabré de tu importancia… Rafael ha padecido las críticas más feroces y envenenadas, inequívoca razón o sinrazón de lo desbocado de su pasión.

55 años de aquel 9 de septiembre cuando Ronda te vio tomar la alternativa. Descubierto por Bernardo Muñoz, “Carnicerito de Málaga”. Admirado por el mismísimo Pasmo de Triana, don Juan Belmonte. Bautizado artísticamente con el arcangélico sobrenombre “de Paula” por don José María de Cossío. Poetizado por Bergamín, Pemán, Antonio Murciano o Benítez Reyes. Sueño de los pinceles de Ramón Gaya, Juan Lara, Paco Toro o García Campos. Contigo la espiga, el barro y el hierro. El eco de una voz desgastada y mal hería, arcángel santiaguero de la torería, tallado por los ecos de la calle Cantarería. 55 años… ya telúricos y neblinosos, y siguen temblando los versos de Montero Galvache: “Cairel del temple, Partenón gitano”.
 
Publicado en Viva Jerez el viernes 11 de septiembre de 2015

sábado, 5 de septiembre de 2015

Belmonte Literario




Ataviada de un áurea a veces excesivamente espiritual y hasta novelesca, la vida y hazañas de Juan Belmonte fue, es y será un reclamo demasiado atractivo para ser ignorado por los literatos, pero viene bien  de vez en cuando mirar al hombre desprovisto de tan ampulosa leyenda. Es lo que he hallado en un más que sugerente libro titulado “Juan Belmonte, por las caras del tiempo”, escrito por mi conocido Jesús Cuesta Arana. No es que este libro obvie o ignore a tan figura revolucionaria y vital para entender el toreo en lo que fue un “antes y un después de…”, el que nos sugieren los nombres de Joselito y Belmonte, reales pontífices de la tauromaquia y de la Edad de Oro que ambos protagonizaron, bien es cierto que sin olvidarnos de unos tales Rafael el Gallo, Rodolfo Gaona o Sánchez Mejías. Pero más allá o más acá, encontramos entre humos de puros al hombre que se sienta con su bata en su sofá y mira en su finca de Gómez Cardeña aquel retrato que le hiciera el gran Zuloaga, a buen seguro añorando en su siempre melancolía las tardes del héroe pasado mientras lee “Los Endemoniados” de Dostoievski. Y es que don Juan Belmonte tuvo que ser un hombre profundamente melancólico, llevado por esa disconformidad de todo genio y abocado a esa inusitada incomprensión hacia uno mismo. “Me conozco pero no sé quién soy”, parece decirnos la vida de un ser curioso de sí mismo. El hombre ávido por aprender de intelectuales de la talla de Valle-Inclán o un Sebastián Miranda y que a la postre fueron estos quienes aprendieron del torero. El siempre amante de mujeres que le importaba un bledo seguir o no las costumbres de una sociedad aún demasiado clasista. El mozuelo empedernido que jamás tuvo miedo de romper las normas, tales como cortarse la coleta natural fiel de los toreros de su tiempo, con tal de seguir su instinto. Y el mismo, ya a las puertas de la vejez, que sintiendo pánico y provisto de una agudización de su depresión, no dudó en pegarse un tiro, cual toro sobrero que esperaba en los corrales de su alma. Queda y siempre en lo heroico de su bella tragedia la ilusión de un hombre montado a caballo, garrocha en ristre y ataviado con zahones de cuero del caro, quien mira al horizonte de las claras del día mientras acosa a los bravos y sueña con seguir soñando.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 4 de septiembre de 2015


viernes, 14 de agosto de 2015

Kafka Y Su Metamorfosis



Se cumple un siglo de la metamorfosis de Franz Kafka. Quizás el libro que más me impactó en la adolescencia y aún creo… más allá de ella. ¿Un libro? Sí, un libro, con la efervescente complejidad de tornarse en algo misterioso, carnoso, monstruoso y hasta asqueroso estado según la edad en la que lo leas o releas. Y todo ello, con esa extraña simbiosis de fatalidad psicológica y preocupación maníaca social, aderezado con hasta ternura familiar, sin perder un ápice de naturalidad y humanidad, alejado de confabulaciones mágicas y alucinaciones circenses. Y es que este escritor nacido en Praga en 1883, hijo de padres judíos y que le tocó vivir el apogeo de la Primera Guerra Mundial, no tuvo una infancia fácil, más bien de tragos y estragos donde la difícil relación con su progenitor terminó por marcar el carácter tímido y encerrado de nuestro escritor. Pero pese a ese halo de melancolía asustada y huidiza de su imagen, Franz Kafka fue un hombre que gustaba sonreír y enamorarse. Su figura delgadísima y su altura no pasaron desapercibidas para las damiselas y hasta tres (por lo menos) acentuados amores pasaron por las páginas de su pasión. Aunque ninguna de esas mujeres pudiera competir con esa libertad que le proporcionaba la escritura, a la cual se entregó quizás como ejercicio espiritual para alejarse de la condena social que le suponía vivir en el mundo, del cual desconfiaba y parecía huir. De hecho, abstraerse de ese mundo, el cual lo trató a veces con crueldad, fue lo que le llevó a escribir sus propias realidades, diálogos, ensayos y hasta inconclusos aforismos, que relataban los realísimos espejos de su vida. Mucho se ha escrito sobre su vinculación con sus diversos personajes, sobre todo en su libro “El Proceso”, donde es difícil a veces no suponer ese estado de encerramiento en sí mismo sobre la sociedad que padeció tanto el autor como el personaje principal. Lástima que la enfermedad se lo llevase demasiado pronto, antes de cumplir los 41, lo cual no fue óbice para dejar a la posterioridad algunos escritos tan singulares como difusos y desconcertantes. Ya enfermo en 1920, confió diversos manuscritos a su amigo Max Brod, el cual se vio en el peliagudo dilema de quemarlos, tal como le dejó escrito antes de morir Kafka, u obviar dicha última voluntad y salvarlos de la quema para sacarlos a la luz. Fue esto último lo que Brod hizo, y después de un estricto trabajo de ordenar escritos, muchos no terminados, la obra de Franz Kafka constituye una de las lecturas clásicas, borrascosas algunas por esa falta de desenlace, pero enigmáticas sin duda, de la cual me sigo sintiendo cautivado.

 

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 31 de julio de 2015

miércoles, 5 de agosto de 2015

Los Miedos Toreros



El miedo es la razón de llegar a torear con el alma, por ello, sólo los que lo conocen podrán olvidarse de él. Y es que al miedo hay que conocerlo, guste o no, desde sus mismas tripas. Las tripas del miedo, pues las tiene, esas que se mueven y remueven pegándote pellizcos y hasta bocaos cuando sale el toro de los chiqueros, soplando como un poseso al trote de un diablo con cuernos de fuego. Por ello, por sentir, padecer y hasta oler el miedo, el torero no sólo es un gran héroe, cuya hombría no puede ni debe ser cuestionada más allá de su lucimiento, sino también un gran psicólogo, inclusive y en casos más concretos, un gran filósofo. Porque al miedo no se le supera a costa de “echarle huevos”, ¡pues para huevos los del toro!, sino a costa de psicología, esa que templada y sutil, se le va dando coba desde las noches anteriores, hasta medio domarla. Y es que al miedo se le habla. De hecho, los diálogos con ese pavor pueden llegar a ser terriblemente caóticos, desmenuzando los más íntimos instintos del ser humano y en ese mismo dialogar, descubrir o redescubrir unos valores intrínsecos de nuestro ser, los cuales hasta desconocías poseer. Le decía el gran torero filósofo, o filósofo torero, Domingo Ortega al genial Rafael de Paula, que el valor reside en saber sentirse preparado. Lo dijo precisamente uno de los más sabios pensadores de la tauromaquia, al igual que otro gran dialogante con el miedo que fue Juan Belmonte, quien en su libro escrito por Chaves Nogales desvelaba los avatares y debates con el miedo, tal como si fuese un amigo o más allá un enemigo, o quizás habría que añadir un enemigo que termina siendo amigo. Y justo es decirlo, han sido precisamente aquellos grandes conocedores de los meandros del miedo los que han llegado a torear con más alma. Aquellos que se han olvidado del cuerpo para desvelar su bellísimo espíritu. El Gallo, Belmonte, Cagancho, Vázquez, Romero, Paula… son y serán los grandes valientes, ¡y no sé hasta qué punto los únicos!, que han elevado su alma en aras de sus miedos luzbenianos. Y es que al miedo hay que darle su valor, su torerísimo valor, pues no hay nada más torero que el miedo. Bendito miedo, visitante cruel, terrorífico espectro, amigo o enemigo, salvador o vendetta, silencioso compañero de vida, engendro de temores.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 24 de julio de 2015

miércoles, 22 de julio de 2015

San Fermín, Ese Gozoso Pecado



Pamplona, San Fermín, podría parecer y parece un caos bullanguero donde lo puramente taurino importa cada vez menos en post de un jolgorio cual cuadro abstracto, donde lo obsceno glosa una pintura de mil colores y formas… monstruosas. Mirado este cuadro de lejos, parece un paisaje de Goya en su época oscura, pero una vez que te acercas y te adentras en su infinito universo, te das claramente cuenta, cual epifanía, que también esa pintura posee mucho de Tiziano y de Velázquez. San Fermín es un pecado donde todos se rezuman y salen santificados, pues cautiva al santo y al demonio, que de todo allí pasea a sus anchas, y a cuyo encanto sucumben irremediablemente. Ver a los toros correr por las calles constituyen todo un cántico primitivo, donde el fiero animal (aunque cada vez menos fiero) se transmuta en un río de cuernos de terror que corre a velocidad portentosa y rítmica hacia ese mar de albero que es la propia plaza de toros. Los corredores son valerosas sombras que desean hermanarse con ese majestuoso terror. Y es que el corredor desea fervorosamente ser parte del toro, sentir su poder, su pulso, su sudor y hasta su espíritu. Que el toro cornee no es ningún accidente desgraciado, sino una muestra fidedigna de ese hermanamiento. “Dame tu mano y abrázame en ti”, parece decirse el uno al otro. De todo ello, y de vino, borracheras y perversión supo y mucho Ernest Hemingway, enamorado de aquella Pamplona y seguidor de las andanzas de Antonio Ordóñez. San Fermín es un espíritu libre, como esa plaza del sol y sombra, donde los terribles y ensordecedores cánticos de las peñas crispan al torero más frío, pero cuyo milagro reside en esa misma atmósfera de paz y guerra, silencio y ruido, razón y confusión. Pamplona, ésa de blanco con pañuelos rojos, la misma para gozar y sufrir.
 

Publicado en Viva Jerez el viernes 18 de julio de 2015

jueves, 2 de julio de 2015

Dejad A Las Artes Libres



Parece ser que los políticos no se enteran, o más bien hay que decir que no se quieren enterar (acordémonos de ése que proclamaba que no hay más sordo que el que no desea oír) de que los toros y la tauromaquia ni antes ni ahora y espero que ni después, jamás pertenecen a izquierdas ni a derechas. Si acaso, y por catalogarlo concienzudamente, habría que denominarlo como república independiente de la cultura libre, esa que emana del pueblo y sus gentes y que jamás pide el carnet ni la condición ideológica de cada ser. Politizar cualquier tipo de expresión cultural no sólo es un atropello ilegítimo, sino más allá atenta contra lo más sagrado de los pocos dones que la vida nos otorga: la libertad y la legítima oportunidad de elegirla. Que unos señores, los cuales ignoran el mundo del toro, con esa osada osadía que concede la ignorancia, pretendan desdeñar o inclusive abolir la tauromaquia, insisto, desde la más caótica ignorancia, podría producir no sólo un sacrilegio contra nuestras costumbres e historia (ya dijo el gran pensador Ortega y Gasset que no se podría entender la historia de España sin las corridas de toros) sino un caos en cuanto a pérdidas económicas de medidas brutales y por ende el mismo caos medioambiental que significaría perder los miles y miles de hectáreas que riegan nuestra piel de toro, auténticos pulmones de España, en el que viven cientos de especies animales y que son dedicadas y cuidadas por y para ese rey de la dehesa que es el toro bravo. Ignorar estas realidades significa crear una guerra a costa de banderas y colores, o lo que es lo mismo, politizar la libertad cultural. Empero, no es cuestión de convencer en cuanto a gustos morales o inmorales, pues a los toros va el que lo desea, sino de respetar, y respetar hasta aquello que inclusive se nos escapa de la razón.

Escuchar hablar a un político de toros (no a todos, pues alguno se salva) es tan desconcertante como poner a un ciego de guía por el Museo del Prado y esperar a que te analice cuadro por cuadro, salvo que el ciego tiene su disculpa por su discapacidad y el político no, pues mira pero no ve. Insisto, los gobernantes ni deben ni pueden utilizar la cultura como moneda de cambio en sus guerras políticas de injurias y perjuras. Dejen las artes en libertad.

 
 Publicado en Viva Jerez el viernes 26 de junio de 2015

sábado, 6 de junio de 2015

El Cante, Búsqueda y Verdad




Existen cantaores y tocaores que se pasan toda la vida buscando el flamenco, sumergidos y sumidos en el desdén o cruzada de hallar su propia evolución musical bajo la bandera de la fusión o flamenco moderno. Bandera pirata, habría que añadir, pues se apuntan al barco que mejor se arrime y terminan perdidos precisamente en una búsqueda sin fin. Conste que estos buscadores perdidos o perdidos buscados, me parecen románticamente interesantes, pues atesoran ciertos valores intrépidos que no dudan en sobrepasar las lindes, las cuales a menudo los llevan al caos y la pantomima y otras más escasas al acierto y la originalidad. Pero no nos demos coba, o al menos nunca me la he dado a mí mismo; siempre he tenido querencia por esa extraña, mágica y misteriosa estirpe de cantaores y tocaores dueños o poseedores del secreto del cante en sus entrañas. Es decir, esos seres que fueron y nacieron tocados o encontrados por la pureza del cante, y que desde luego supieron después enriquecerlo y expresarlo a través de su solísimo duende. Ciertamente, en esta raza, Terremoto, Morao, La Paquera, Fernanda, Chocolate, Agujetas… quizás no hallamos esa a veces vertiginosa búsqueda o anhelo de querer buscar nuevos horizontes lejanos. La búsqueda existe, pero es otra, pues se trata de la constante persecución de la profundidad de sus sentires, esa que ni sabe ni quiere salirse de su verdad y que araña y martillea en el mismísimo yunque y tronco de la pureza. ¡Y es la búsqueda más difícil y a su vez más comprometida!, la de lidiar y no mentir, sino burlar al toro del tiempo a costa de cruzarse al pitón contrario y echarle la pata alante dándole el pecho, como haría el torero de Jerez.

Y con ello vengo a manifestar que, sin duda, existe una búsqueda, arriesgada y emocionante, hacia el secreto de uno mismo, como pozo sin fondo, donde el agua es limpia a pesar de ser oscura, y cuya sabiduría, aunque jamás nos sacia, nos va quitando la sed a base de sorbos únicos y arrebatadores. El agua del pozo de la verdad, alejado del mar de confusión de la mentira.

 
Publicado en Viva Jerez el viernes 5 de junio de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

Ese Brujo, Manuel Molina




A veces, sólo a veces, los sentimientos se expresan con tal desnudez del alma que trascienden por encima de etiquetas y conjeturas ortodoxas para ser… libertad. Y libertad embrujada, errante, que huye de notas carcelarias para alzar su tibia voz no para romper el silencio, sino para acariciar ese silencio y fundirse en él con una armonía tal que es… vivísima naturaleza. Es esta la sensación que siempre me dio ese poeta del flamenco que se nos acaba de ir, Manuel Molina. Cuya música, como digo, trascendía de lo estrictamente flamenco para fusionarse no con el pop o el rock, sino con los acordes y arpegios de la mismísima naturaleza. Porque yo, escuchando a Manuel, ya en su última etapa en solitario, con su traje blanco impoluto, sentado en su silla de enea, con esa guitarra mirando al cielo, con esas manos abiertas, como quien desea recoger y abrazar una oración divina, no esperaba escuchar ni a un cantaor ni a un trovador ni a un juglar ni a un sacerdote… ¡que de todo tenía un poco!, sino el caudal sinuoso, gitano y espiritual del discurrir de un río. El agua, siempre fresca, emocionante y casi mística, de una voz casi sin voz, de una guitarra casi sin cuerdas, de un sonido casi callado. La poesía en su más desnuda vertiente, entrelazadas con los giros del silencio como fiel aliado de la cueva de su garganta, buscando y a veces encontrando respuesta a ese alma abierta a la inspiración. Inspiración transida que a veces bajaba y otras no, pues los duendes caprichosos nunca jamás se someten. Pero cuando esto ocurre, concurren las notas más sinceras y hondas que podamos distinguir, pues es la misma emoción de vida, con sus lágrimas y fatigas, la que se abre a nuestros ojos y oídos.

Manuel Molina no ha sido un cantaor en sí, tampoco un guitarrista al uso, ni siquiera un músico dedicado a su tiempo, sino un hombre que amaba la vida, el amor, la paz y la naturaleza; que se transfiguraba en alba, en madrugada y en atardecer y que derramaba sus sentires flamencos como una lluvia de cobres y azabaches. Vanguardista, innovador, a veces transgresor, sí… Usen todos los apelativos que quieran, pero por encima y por debajo de todo eso, llámenle brujo de vida y libertad.

 

Publicado en Viva Jerez el viernes 22 de mayo de 2015

sábado, 11 de abril de 2015

El Prendi, Y Su Libertad Prendía



Lo que empieza siendo un escalofrío termina siendo una descomposición de sentimientos cruzados. Porque ver andar por las calles de Jerez a nuestro Padre Jesús del Prendimiento me lleva y me trae como una ola, casi a su antojo, que no al mío, recuerdos y vivencias gozosas y agridulces que van atadas a mi alma como ese cordón dorado que atan sus morenas manos. El Prendimiento es como un mar de luz claroscura que se abre paso acompasadamente en ese otro océano de sentimientos que uno lleva en sus adentros. Por ello, y atado a él, con cada paso y vaivén, con cada levantá y cada sentá, lleva ese tropel de razones irrazonables, esas mismas sinrazones que ni son religiosas (porque no precisan serlo) y que sólo claman al amor y su libertad. Esa misma libertad amada o amor libertino, que lleva en sus formas e idiosincrasia este prendío gitano de gitanísimo rostro herío. Y es que ese vía crucis de sufrimiento y ese amargo padecer entre esos Candilejas y Chupaceites (sayones martirizadores), es el vínculo necesario para alzar esa libertad perseguida, la de la resurrección y la redención que ora San Pedro cerca de ese gallo anunciador de su vergüenza.

El Prendi lleva en el silencio de sus labios esa voz callada, la que clama y vibra, como un sentimiento estremecido, el cante que a compás cada uno lleva en su corazón, que como un bombeo por tonás resuena en nuestro pecho. Su mirada piadosa y valiente parece querer decirnos sin decir que lleva el sufrimiento como compás de su sangre. La sangre de Santiago, morena como la madrugá, donde se canta para olvidar las fatigas. Porque bajo ese frondoso olivo se recogen como aceitunas negras esos ecos temblorosos de Terremoto, esa jondura negra de Tío José, ese enaltecer soniquitero de Sordera, esa musicalidad de viento en rama de la sonanta de Moraíto, esa poesía casi rezada de Luis de la Pica, esa saeta primitiva y errante de los Vargas y los Zambos, y en sus muñecas partías, esa media verónica de Rafael que se sobrecoge en su cintura juncal. Y lo dice calladamente, que a través de su sufrir hallaremos esa libertad amada, como un romance sin desenlace. Poco o nada me importan esas nuevas y bastas potencias plateadas, ni el cobijo que por casa aún te niegan, porque para mis ojos es una talla desnuda, desprovista de bordados dorados, y sí una obra que vive por los sentires que te miran, espejo de tez aceituna que el Desamparo llora y cobija en su prestancia.

 
Publicado en Viva Jerez el viernes 10 de abril de 2015

viernes, 27 de marzo de 2015

Salvar A Santiago




Los olores ya a primeras horas del alba, antes de que cantara el gallo, a puchero o a berza, hechas a fuego lento, dándole su tiempo a la olla hervir. Las charlas  y cotilleos ya de bien temprano, con esas gitanas sentadas con sus mandiles en las sillas de enea en las casapuertas siempre abiertas de esas calles Cantarería, Nueva, Marqués de Cádiz, Taxdirt… ¡Cuando las casas de vecinos estaban abiertas!, sin temor a que ningún mindungui apareciera para liarla. El olor y el color de esos geranios y rosas que adornaban aquellos patios de vecinos, donde uno se sentaba sobrecogido por un frescor que te abrazaba. El ir y venir de los hombres de la casa, muchos valientes trabajadores de gañanías, donde de sol a sol se dejaban el sudor de sus frentes para traer ese jornal que hiciera hervir la olla. Esos niños y niñas en mitad de la calle corriendo y jugando al escondite, entre las broncas y chillidos de esas abuelas, cansadas y hartas de las diabluras de los chiquillos. Y entre todos estos avatares de ires y venires, ese siempre olor a vino en las peñas y cocinas y esa voz cantaora, que sin hora ni motivo se alzaba para olvidarse de las penurias y fatigas. Sí, esas siempre estrecheces en las familias, aliviadas por ese sano humor del compás por bulerías de la raza calé. Esa hermandad entre primos y hermanos para ayudarse entre unos y otros, cariño y amor sincero, divisa de esta sangre errante. La soberanía de todos aquellos artistas, banderas y estandartes del arte por todo el mundo. Cantaores, tocaores, bailarines… y hasta un torero mágico, quienes le han dado misterio y distinción a un Jerez simpar. Aquel era el barrio de Santiago, hasta hace poco, cátedra del rumbo y compás; hoy… un lugar por donde cuesta incluso pasar. Desde aquí pido a los políticos, empezando por la Alcaldesa García Pelayo, que cuiden el barrio de Santiago, sus calles, sus casas… aquella idiosincrasia.

Publicado en Viva Jerez el viernes 27 de marzo de 2015

sábado, 21 de marzo de 2015

Tras Los Huesos De Cervantes


Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616) “mandóse enterrar en las monjas Trinitarias”, dice su acta de defunción, allí en su barrio vecino, hoy conocido como el de “las letras”, donde habitaban esas monjas a quienes Cervantes dedicó su Quijote. Allí, en ese convento donde residía su propia hija, Isabel de Saavedra, quien pasó a ser llamada “Sor Antonia de San José”. Del español más universal de la historia se describe nariz picuda y frente despejada, sólo seis dientes en la boca. Sufrió en la batalla de Lepanto varias heridas, tanto en el pecho como en su mano izquierda. Son, desde luego, muchos los datos fidedignos que nos llevan a aseverar que ciertamente este hallazgo, para el cual se han puesto de acuerdo las partes religiosas, políticas y arqueológicas, pertenece a los mismísimos huesos del escritor. Los suyos y, claro está, los de dieciséis personas más, entre ellos los de su propia mujer, Catalina, que ahora son, pese a todo, puestos en entredicho, pues ante la imposibilidad de sacar pruebas de ADN, nadie puede asegurar que efectivamente son los huesos del escritor los que desvelan dicha cripta. El destino ha querido que esos huesos, su alma, su leyenda, sigan siendo un misterio. Unos huesos que parecen reírse satíricamente del mundo y del tiempo, y que aún hoy descubiertos parecen susurrar: “Aquí me halláis, pero no me tenéis”. Y es que la falta lógica de una sentencia exacta nos hace dudar de tal hallazgo. Hallazgo callado por otra parte, pues era como una voz que espera ser escuchada en ese libro escondido y acurrucado entre tantos otros en esa tumba con las iniciales M.C.

Cervantes, sus huesos… o no, siguen escribiendo a lomos del misterio de su figura, cual hidalgo errante, el único y más heroico, ese Quijote atormentado, poseedor de un romanticismo eterno. Quizás, el olfato comercial y el enorme impacto turístico que supone aseverar que dichos restos pertenecían a su figura, ganen la batalla de la duda. Con todo, no deja de ser un homenaje de gratitud el hecho de indagar en su secretismo. Quedémonos con su legado escrito, siempre bañado con una sátira y originalidad difícilmente igualable, como esos huesos que se ríen inquietos desde el subsuelo, ahora levantados pero… no desvelados. Los escritos de Cervantes, donde no residen sus huesos, pero sí su alma.

Publicado en Viva Jerez el viernes 20 de marzo de 2015